25/1/08

El tonel de amontillado

El tonel de amontillado

Edgar Allan Poe

Lo mejor que pude había soportado las mil injurias de Fortunato. Pero cuando llegó el insulto, juré vengarme. Ustedes, que conocen tan bien la naturaleza de mi carácter, no llegarán a suponer, no obstante, que pronunciara la menor palabra con respecto a mi propósito. A la larga, yo sería vengado. Este era ya un punto establecido definitivamente. Pero la misma decisión con que lo había resuelto excluía toda idea de peligro por mi parte. No solamente tenía que castigar, sino castigar impunemente. Una injuria queda sin reparar cuando su justo castigo perjudica al vengador. Igualmente queda sin reparación cuando ésta deja de dar a entender a quien le ha agraviado que es él quien se venga.

Es preciso entender bien que ni de palabra, ni de obra, di a Fortunato motivo para que sospechara de mi buena voluntad hacia él. Continué, como de costumbre, sonriendo en su presencia, y él no podía advertir que mi sonrisa, entonces, tenía como origen en mí la de arrebatarle la vida.

Aquel Fortunato tenía un punto débil, aunque, en otros aspectos, era un hombre digno de toda consideración, y aun de ser temido. Se enorgullecía siempre de ser un entendido en vinos. Pocos italianos tienen el verdadero talento de los catadores. En la mayoría, su entusiasmo se adapta con frecuencia a lo que el tiempo y la ocasión requieren, con objeto de dedicarse a engañar a los millionaires ingleses y austríacos. En pintura y piedras preciosas, Fortunato, como todos sus compatriotas, era un verdadero charlatán; pero en cuanto a vinos añejos, era sincero. Con respecto a esto, yo no difería extraordinariamente de él. También yo era muy experto en lo que se refiere a vinos italianos, y siempre que se me presentaba ocasión compraba gran cantidad de éstos.

Una tarde, casi al anochecer, en plena locura del Carnaval, encontré a mi amigo. Me acogió con excesiva cordialidad, porque había bebido mucho. El buen hombre estaba disfrazado de payaso. Llevaba un traje muy ceñido, un vestido con listas de colores, y coronaba su cabeza con un sombrerillo cónico adornado con cascabeles. Me alegré tanto de verle, que creí no haber estrechado jamás su mano como en aquel momento.

-Querido Fortunato -le dije en tono jovial-, éste es un encuentro afortunado. Pero ¡qué buen aspecto tiene usted hoy! El caso es que he recibido un barril de algo que llaman amontillado, y tengo mis dudas.

-¿Cómo? -dijo él-. ¿Amontillado? ¿Un barril? ¡Imposible! ¡Y en pleno Carnaval!

-Por eso mismo le digo que tengo mis dudas -contesté-, e iba a cometer la tontería de pagarlo como si se tratara de un exquisito amontillado, sin consultarle. No había modo de encontrarle a usted, y temía perder la ocasión.

-¡Amontillado!

-Tengo mis dudas.

-¡Amontillado!

-Y he de pagarlo.

-¡Amontillado!

-Pero como supuse que estaba usted muy ocupado, iba ahora a buscar a Luchesi. Él es un buen entendido. Él me dirá...

-Luchesi es incapaz de distinguir el amontillado del jerez.

-Y, no obstante, hay imbéciles que creen que su paladar puede competir con el de usted.

-Vamos, vamos allá.

-¿Adónde?

-A sus bodegas.

-No mi querido amigo. No quiero abusar de su amabilidad. Preveo que tiene usted algún compromiso. Luchesi...

-No tengo ningún compromiso. Vamos.

-No, amigo mío. Aunque usted no tenga compromiso alguno, veo que tiene usted mucho frío. Las bodegas son terriblemente húmedas; están materialmente cubiertas de salitre.

-A pesar de todo, vamos. No importa el frío. ¡Amontillado! Le han engañado a usted, y Luchesi no sabe distinguir el jerez del amontillado.

Diciendo esto, Fortunato me cogió del brazo. Me puse un antifaz de seda negra y, ciñéndome bien al cuerpo mi roquelaire, me dejé conducir por él hasta mi palazzo. Los criados no estaban en la casa. Habían escapado para celebrar la festividad del Carnaval. Ya antes les había dicho que yo no volvería hasta la mañana siguiente, dándoles órdenes concretas para que no estorbaran por la casa. Estas órdenes eran suficientes, de sobra lo sabía yo, para asegurarme la inmediata desaparición de ellos en cuanto volviera las espaldas.

Cogí dos antorchas de sus hacheros, entregué a Fortunato una de ellas y le guié, haciéndole encorvarse a través de distintos aposentos por el abovedado pasaje que conducía a la bodega. Bajé delante de él una larga y tortuosa escalera, recomendándole que adoptara precauciones al seguirme. Llegamos, por fin, a los últimos peldaños, y nos encontramos, uno frente a otro, sobre el suelo húmedo de las catacumbas de los Montresors.

El andar de mi amigo era vacilante, y los cascabeles de su gorro cónico resonaban a cada una de sus zancadas.

-¿Y el barril? -preguntó.

-Está más allá -le contesté-. Pero observe usted esos blancos festones que brillan en las paredes de la cueva.

Se volvió hacia mí y me miró con sus nubladas pupilas, que destilaban las lágrimas de la embriaguez.

-¿Salitre? -me preguntó, por fin.

-Salitre -le contesté-. ¿Hace mucho tiempo que tiene usted esa tos?

-¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem!...!

A mi pobre amigo le fue imposible contestar hasta pasados unos minutos.

-No es nada -dijo por último.

-Venga -le dije enérgicamente-. Volvámonos. Su salud es preciosa, amigo mío. Es usted rico, respetado, admirado, querido. Es usted feliz, como yo lo he sido en otro tiempo. No debe usted malograrse. Por lo que mí respecta, es distinto. Volvámonos. Podría usted enfermarse y no quiero cargar con esa responsabilidad. Además, cerca de aquí vive Luchesi...

-Basta -me dijo-. Esta tos carece de importancia. No me matará. No me moriré de tos.

-Verdad, verdad -le contesté-. Realmente, no era mi intención alarmarle sin motivo, pero debe tomar precauciones. Un trago de este medoc le defenderá de la humedad.

Y diciendo esto, rompí el cuello de una botella que se hallaba en una larga fila de otras análogas, tumbadas en el húmedo suelo.

-Beba -le dije, ofreciéndole el vino.

Llevóse la botella a los labios, mirándome de soslayo. Hizo una pausa y me saludó con familiaridad. Los cascabeles sonaron.

-Bebo -dijo- a la salud de los enterrados que descansan en torno nuestro.

-Y yo, por la larga vida de usted.

De nuevo me cogió de mi brazo y continuamos nuestro camino.

-Esas cuevas -me dijo- son muy vastas.

-Los Montresors -le contesté- era una grande y numerosa familia.

-He olvidado cuáles eran sus armas.

-Un gran pie de oro en campo de azur. El pie aplasta a una serpiente rampante, cuyos dientes se clavan en el talón.

-¡Muy bien! -dijo.

Brillaba el vino en sus ojos y retiñían los cascabeles. También se caldeó mi fantasía a causa del medoc. Por entre las murallas formadas por montones de esqueletos, mezclados con barriles y toneles, llegamos a los más profundos recintos de las catacumbas. Me detuve de nuevo, esta vez me atreví a coger a Fortunato de un brazo, más arriba del codo.

-El salitre -le dije-. Vea usted cómo va aumentando. Como si fuera musgo, cuelga de las bóvedas. Ahora estamos bajo el lecho del río. Las gotas de humedad se filtran por entre los huesos. Venga usted. Volvamos antes de que sea muy tarde. Esa tos...

-No es nada -dijo-. Continuemos. Pero primero echemos otro traguito de medoc.

Rompí un frasco de vino de De Grave y se lo ofrecí. Lo vació de un trago. Sus ojos llamearon con ardiente fuego. Se echó a reír y tiró la botella al aire con un ademán que no pude comprender. Le miré sorprendido. El repitió el movimiento, un movimiento grotesco.

-¿No comprende usted? -preguntó.

-No -le contesté.

-Entonces, ¿no es usted de la hermandad?

-¿Cómo?

-¿No pertenece usted a la masonería?

-Sí, sí -dije-; sí, sí.

-¿Usted? ¡Imposible! ¿Un masón?

-Un masón -repliqué.

-A ver, un signo -dijo.

-Éste -le contesté, sacando de debajo de mi roquelaire una paleta de albañil.

-Usted bromea -dijo, retrocediéndo unos pasos-. Pero, en fin, vamos por el amontillado.

-Bien -dije, guardando la herramienta bajo la capa y ofreciéndole de nuevo mi brazo.

Apoyóse pesadamente en él y seguimos nuestro camino en busca del amontillado. Pasamos por debajo de una serie de bajísimas bóvedas, bajamos, avanzamos luego, descendimos después y llegamos a una profunda cripta, donde la impureza del aire hacía enrojecer más que brillar nuestras antorchas. En lo más apartado de la cripta descubríase otra menos espaciosa. En sus paredes habían sido alineados restos humanos de los que se amontonaban en la cueva de encima de nosotros, tal como en las grandes catacumbas de París.

Tres lados de aquella cripta interior estaban también adornados del mismo modo. Del cuarto habían sido retirados los huesos y yacían esparcidos por el suelo, formando en un rincón un montón de cierta altura. Dentro de la pared, que había quedado así descubierta por el desprendimiento de los huesos, veíase todavía otro recinto interior, de unos cuatro pies de profundidad y tres de anchura, y con una altura de seis o siete. No parecía haber sido construido para un uso determinado, sino que formaba sencillamente un hueco entre dos de los enormes pilares que servían de apoyo a la bóveda de las catacumbas, y se apoyaba en una de las paredes de granito macizo que las circundaban.

En vano, Fortunato, levantando su antorcha casi consumida, trataba de penetrar la profundidad de aquel recinto. La débil luz nos impedía distinguir el fondo.

-Adelántese -le dije-. Ahí está el amontillado. Si aquí estuviera Luchesi...

-Es un ignorante -interrumpió mi amigo, avanzando con inseguro paso y seguido inmediatamente por mí.

En un momento llegó al fondo del nicho, y, al hallar interrumpido su paso por la roca, se detuvo atónito y perplejo. Un momento después había yo conseguido encadenarlo al granito. Había en su superficie dos argollas de hierro, separadas horizontalmente una de otra por unos dos pies. Rodear su cintura con los eslabones, para sujetarlo, fue cuestión de pocos segundos. Estaba demasiado aturdido para ofrecerme resistencia. Saqué la llave y retrocedí, saliendo del recinto.

-Pase usted la mano por la pared -le dije-, y no podrá menos que sentir el salitre. Está, en efecto, muy húmeda. Permítame que le ruegue que regrese. ¿No? Entonces, no me queda más remedio que abandonarlo; pero debo antes prestarle algunos cuidados que están en mi mano.

-¡El amontillado! -exclamó mi amigo, que no había salido aún de su asombro.

-Cierto -repliqué-, el amontillado.

Y diciendo estas palabras, me atareé en aquel montón de huesos a que antes he aludido. Apartándolos a un lado no tardé en dejar al descubierto cierta cantidad de piedra de construcción y mortero. Con estos materiales y la ayuda de mi paleta, empecé activamente a tapar la entrada del nicho. Apenas había colocado al primer trozo de mi obra de albañilería, cuando me di cuenta de que la embriaguez de Fortunato se había disipado en gran parte. El primer indicio que tuve de ello fue un gemido apagado que salió de la profundidad del recinto. No era ya el grito de un hombre embriagado. Se produjo luego un largo y obstinado silencio. Encima de la primera hilada coloqué la segunda, la tercera y la cuarta. Y oí entonces las furiosas sacudidas de la cadena. El ruido se prolongó unos minutos, durante los cuales, para deleitarme con él, interrumpí mi tarea y me senté en cuclillas sobre los huesos. Cuando se apaciguó, por fin, aquel rechinamiento, cogí de nuevo la paleta y acabé sin interrupción las quinta, sexta y séptima hiladas. La pared se hallaba entonces a la altura de mi pecho. De nuevo me detuve, y, levantando la antorcha por encima de la obra que había ejecutado, dirigí la luz sobre la figura que se hallaba en el interior.

Una serie de fuertes y agudos gritos salió de repente de la garganta del hombre encadenado, como si quisiera rechazarme con violencia hacia atrás.

Durante un momento vacilé y me estremecí. Saqué mi espada y empecé a tirar estocadas por el interior del nicho. Pero un momento de reflexión bastó para tranquilizarme. Puse la mano sobre la maciza pared de piedra y respiré satisfecho. Volví a acercarme a la pared, y contesté entonces a los gritos de quien clamaba. Los repetí, los acompañé y los vencí en extensión y fuerza. Así lo hice, y el que gritaba acabó por callarse.

Ya era medianoche, y llegaba a su término mi trabajo. Había dado fin a las octava, novena y décima hiladas. Había terminado casi la totalidad de la oncena, y quedaba tan sólo una piedra que colocar y revocar. Tenía que luchar con su peso. Sólo parcialmente se colocaba en la posición necesaria. Pero entonces salió del nicho una risa ahogada, que me puso los pelos de punta. Se emitía con una voz tan triste, que con dificultad la identifiqué con la del noble Fortunato. La voz decía:

-¡Ja, ja, ja! ¡Je, je, je! ¡Buena broma, amigo, buena broma! ¡Lo que nos reiremos luego en el palazzo, ¡je, je, je!, a propósito de nuestro vino! ¡Je, je, je!

-El amontillado -dije.

-¡Je, je, je! Sí, el amontillado. Pero, ¿no se nos hace tarde? ¿No estarán esperándonos en el palazzo Lady Fortunato y los demás? Vámonos.

-Sí -dije-; vámonos ya.

-¡Por el amor de Dios, Montresor!

-Sí -dije-; por el amor de Dios.

En vano me esforcé en obtener respuesta a aquellas palabras. Me impacienté y llamé en alta voz:

-¡Fortunato!

No hubo respuesta, y volví a llamar.

-¡Fortunato!

Tampoco me contestaron. Introduje una antorcha por el orificio que quedaba y la dejé caer en el interior. Me contestó sólo un cascabeleo. Sentía una presión en el corazón, sin duda causada por la humedad de las catacumbas. Me apresuré a terminar mi trabajo. Con muchos esfuerzos coloqué en su sitio la última piedra y la cubrí con argamasa. Volví a levantar la antigua muralla de huesos contra la nueva pared. Durante medio siglo, nadie los ha tocado. In pace requiescat!


Edgar Allan Poe


Edgar Allan Poe es indudablemente conocido como el gran maestro del relato corto. Escritor, poeta y crítico se destacó tanto por sus poemas como por sus cuentos, principalmente en el género del terror y el misterio, donde para muchos es el máximo exponente del género, inspiración para muchos escritores de los años siguientes y hasta la actualidad.

Nació en la ciudad de Boston, Massachussets, Estados Unidos, el 19 de enero de 1809 hijo de actores de teatro humildes. Contando apenas 9 meses fue abandonado por su padre David Poe y un año y medio más tarde falleció víctima de tuberculosis su madre Elisabeth Arnold. Siendo huérfano quedó bajo los cuidados de una acaudalada familia de Richmond, Virginia, de apellido Allan. Sus dos hermanos fueron distribuidos en diferentes familias. Su padre adoptivo resultó ser muy duro con él mientras que por el contrario su madre adoptiva lo mimaba en exceso.

Desde muy chico se mostró interesado en la literatura y la narrativa. A los cuatro años entretenía a las visitas recitando trabajos de escritores de la época como Walter Scott. En la adolescencia realizó sus primeros escritos, principalmente poemas, con notorias influencias de Lord Byron.

En 1815 la familia se trasladó al Reino Unido donde Poe pasó cinco años hasta 1820. Cuando regresó a Estados Unidos continuó su educación en diferentes centros de enseñanza privada y posteriormente, en 1826, comenzó una carrera en la prestigiosa Universidad de Virginia. Disfrutaba mucho de la lectura sobre múltiples temas, desde biología hasta matemática, pasando por la astronomía, pero se apasionaba por la literatura y las lenguas clásicas, algunas de las cuales (latín y francés) dominaba a la perfección. Desgraciadamente para él durante el mismo periodo se hizo adicto al juego y al alcohol lo que le ocasionó graves problemas que llevaron a que en 1827 fuera expulsado y generara grandes deudas. Su padre adoptivo, John Allan, se negó a hacerse cargo de dichas deudas por lo que Poe se vió obligado a trabajar de empleado para saldarlas. Sin embargo al poco tiempo Poe decidió que eso no era para él y volvió a Boston, donde logró publicar, anónimamente, su primer libro: Tamerlan y otros poemas. Se dice que antes de irse prendió fuego su habitación para que no quedasen reastros de él.

Al llegar a Boston y bajo el nombre de Edgar A. Perry se alistó en el ejército en el cual permaneció hasta 1829, año en el que publicó su segundo libro, Al Araf y fue ascendido a sargento mayor (máximo grado alcanzable por un suboficial). Ese mismo año falleció su madre adoptiva, lo que lo sumergió en una depresión, algo que sería constante en su vida, pero se reconcilió con su padre adoptivo quien le consiguió un cargo en la famosa Academia Militar de West Point, de la cual fue expulsado por negligencia e incumplimiento del deber.

En 1832, tras la publicación de su tercer libro, Poemas, Edgar y su hermano, William Henry, fueron a vivir junto a una tía y una sobrina en Baltimore. Ese mismo año ganó su primer premio en un concurso organizado por el Baltimore Sunday Visitor con su cuento Manuscrito hallado en una botella, y se convence firmemente de que puede ganarse la vida y ayudar a su familia escribiendo.

En 1834 falleció su padrastro sin dejarle ningún tipo de herencia, lo que volvió a afectarlo seriamente. Dos años después, en 1836, contrajo matrimonio con su sobrina Virginia Clemm, de tan sólo 13 años, y consiguió un trabajo como redactor en el periódico Southern Baltimore Messenger. No conforme con su situación, en 1837 se trasladó con su esposa a la ciudad de Nueva York donde trabajó como redactor en varias revistas. Incluso a Nueva York lo siguieron los problemas con el juego y la bebida lo que lo tuvo trasladándose contínuamente entre Boston, Baltimore y Nueva York. En 1837 se publicó su principal novela Aventuras de Arthur Gordon Pymm, inspirada en las historias que le contaban los pescadores que llegaban al puerto de Richmond cuando aún era un niño.

En 1840 se las arregló para conseguir que le editaran un libro recopilando la mayor parte de sus escritos publicados a lo largo de varios años en diferentes periódicos. Este libro, titulado Cuentos de lo grotesco y arabesco, reunía varios de los cuentos que hoy en día son considerados sus obras más importantes, entre ellos La caída de la casa de Usher y Ligeia. Muchos críticos consideran que ese libro marcó un hito en la historia de la literatura de terror y suspenso. El mismo año ganó otro premio, esta vez con su cuento El escarabajo de oro.

Durante sus contínuos traslados trabajó en múltiples revistas, tanto como editor, editor en jefe o consejero, logrando en algunos casos que la revista tuviera crecimientos explosivos en cuando a suscriptores y ventas. En 1845 consiguió él mismo ser propietario de una revista, el Brodway Journal al mismo tiempo que le llegó el reconocimiento a nivel nacional gracias a su relato en verso El cuervo, publicado por el periódico Evening Mirror el 29 de enero. También en 1845 publicó su segunda antología, con el mismo éxito de la primera, y en la que se recogían cuentos como El pozo y el péndulo, El corazón delator, El gato negro y La máscara de la muerte roja.

Justo cuando parecía que le había llegado el turno de destacarse y disfrutar de la fama, en 1846 debe cerrar su publicación, con la cual no había tenido el mismo éxito que con otras. Por entonces realizaba frecuentes críticas artísticas, con un estilo bastante agudo y cruel, lo que lo hizo bastante famoso pero no siempre bienvenido, aunque le impedía pasar grandes dificutades económicas. De 1846 es el cuento El tonel de amontillado. El mismo año y tras una fuerte hemorragia le diagnostican tuberculosis a su esposa, por lo que deciden trasladarse a las afueras de Nueva York donde el aire más puro podría ayudar a la recuperación de ella.

Para complementar su crisis depresiva, en 1847 la tuberculosis vence a Virginia lo que lo lleva a Poe a entregarse nuevamente al alcohol y al láudano (drogra común en la época), convirtiéndose en poco menos que un vagabundo, aunque publicando de cuando en cuando y por carta algunos escritos. A partir de entonces parece perderse en las oscuridades, con algún intento de suicidio durante 1848. Aunque buscó apoyo en diferentes mujeres, ninguna de ellas lo atraía lo suficiente para darle ánimos de continuar con su vida, hasta que por casualidad se reecontró con un antiguo amor, Sara Elmira Royster, a quien prometió matrimonio y abandonar completamente el alcohol. Habiendo fijado incluso la fecha para la boda, Edgar Allan Poe fue perdido de vista hasta que el 3 de octubre de 1849 fue encontrado totalmente fuera de sí vagando por las calles de Baltimore.

Internado en el hospital Washington College con un diagnóstico de delirium tremens (síntomas más avanzados de abstinencia de alcohol o drogas) sufrió de alucinaciones y delirios, intercalados con estados de lucidez, hasta su fallecimiento el 7 de octubre de 1847 con apenas 40 años. Nunca estuvo del todo clara la causa de su muerte, pudiendo tratarse de diabetes o incluso rabia. Según el doctor James Snodgrass, quien lo atendió en sus últimos días, las últimas palabras de Poe fueron “Que Dios se apiade de mi pobre alma”, pronunciadas tras el llamado insistente a un tal Reynolds, posiblemente uno de los exploradores que utilizó como modelo para Pymm. Su cuerpo fue enterrado en el cementerio de la misma ciudad.

En total Edgar Allan Poe escribió cerca de 60 cuentos cortos, varios libros de poemas (menos de los que él mismo hubiese deseado) y un par de novelas. Reconozco que no leí todos sus cuentos, sí la mayoría, y es uno de los pocos autores que logran con sus escritos obligarme a seguir leyendo. Las ambientaciones que logra, describiendo hasta el mínimo detalle del entorno pero sin adornalo con cosas que no aportan a la historia sólo por el hecho de agregar una página más, hacen que los lectores podamos ubicarnos en el mismo lugar que él se imaginó, incluso cuando en su mente se representaba una escena de hace 150 años. De igual manera, el suspenso que impone su narrativa, casi siempre efectiva en cuanto a que es difícil anticipar lo que sigue en el siguiente párrafo y mucho menos el final, hacen que uno termine de leer un cuento y deba quedarse unos minutos meditando sobre la historia, no preguntándose qué fue lo que sucedió o cómo llegó a eso (lo que hablaría muy mal del escritor) sino preguntándose qué otra cosa pudiese haber sucedido si fuera diferente, hasta descubrir que, ciertamente, lo que está escrito es lo único que pudo haber pasado, y aún así no lo imaginamos hasta que lo leímos.

La verdad, un grande que es mi inspiración cuando escribo; me gusta escribir, especialmente cuentos cortos, pero cuando pienso en los cuentos de Poe siento que no tengo ni puedo tener la capacidad de escribir siquiera uno con la mitad de calidad... y el mismo autor que me sirve de inspiración es también mi freno... no me animo a meterme en su terreno.